martes, 11 de noviembre de 2014

En el interior.



Dijins Di 32


El tiempo, no tenía el carácter que pertenece al individuo humano, al ser que  con vida, ve el transcurso de sus días tal y como lo conocemos.   Ese saber,  ese concepto que nos acompaña en toda nuestra vida, que nos recuerda que nada es eterno y nos reencuentra con la muerte. Ausente ahora  y olvidado de mí, me empujo a buscar el contrapunto, la solución.

Mientras sentía las secuelas de mi cautiverio, algo ligero, que nacía como una  nueva memoria, evocaba  imágenes  disparatadas de troncos secos, ramas cortadas y devastadas por plagas de termitas, madera sucia... y en todas ellas  ocupo en mí una respuesta.  Supe que precisamente  es ese tic-tac,  necesario para crear una armonía, “el tiempo”. La esencia de la vida o la evidencia de la misma, era la respuesta, el camino de regreso  y rompería esa sincronización  perversa, el conjuro que me mantenía prisionera,  atada a esa espantosa energía,  engendrada en los infiernos de  la desesperación  o en el inconsciente y mareas de dudas y los miedos más ancestrales del conjunto de la humanidad. Pero ese tiempo  o la certeza, carecía de importancia  en aquella prisión  y eso lo hacía insoportable.

Domando la locura, fui aprendiendo a adiestrarme,  en  la necesidad  de comprender a ese ser que me ocupaba  y copaba mi libertad. Esa vida paralela que  existía  para devastar la mía, que con rigor dominaba mis movimientos, mi todo, pero mi yo, no cejo jamás  en avistar la libertad de nuevo o al menos una vez más.

Quizás en aquella locura, en las esquinas  confusas del dolor, tan solo la luz que atisbaba a vislumbrar, era la de aquel sentimiento que me unía a  Ihan, como única  fuente de fe. Creía que si lo podía ver, existía… y si existía él, existía yo. Sabía que  debía creer en mi  intuición.

Los rotos en mi alma eran ya casi imperceptibles, para  conservar el único hilo de lucidez los hice descender, los hice  dormir en mi interior.

Despierta a tal inadmisible  consentimiento. En mi, nació una  probabilidad poco esclarecida y confusa, que pugnaba por  turbarse en la única  realidad concebida  y donada a mi vida.

El aprendía de mí,  de la misma manera que yo me surtía  de de su sed.


El impulso encolerizado de mi voz, nuevamente  se perdió, en la penumbra de una nueva mañana bautizada con nieblas espesas, que tardarían largos meses  en desvanecerse.

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