Dijins Di 32
El tiempo, no tenía el carácter que pertenece al individuo
humano, al ser que con vida, ve el transcurso
de sus días tal y como lo conocemos. Ese saber, ese concepto que nos acompaña en toda nuestra
vida, que nos recuerda que nada es eterno y nos reencuentra con la muerte. Ausente
ahora y olvidado de mí, me empujo a
buscar el contrapunto, la solución.
Mientras sentía las
secuelas de mi cautiverio, algo ligero, que nacía como una nueva memoria, evocaba imágenes disparatadas de troncos secos, ramas cortadas y
devastadas por plagas de termitas, madera sucia... y en todas ellas ocupo en mí una respuesta. Supe que precisamente es ese tic-tac, necesario para crear una armonía, “el tiempo”.
La esencia de la vida o la evidencia de la misma, era la respuesta, el camino de regreso y rompería esa sincronización perversa, el conjuro que me mantenía
prisionera, atada a esa espantosa
energía, engendrada en los infiernos
de la desesperación o en el inconsciente y mareas de dudas y los
miedos más ancestrales del conjunto de la humanidad. Pero ese tiempo o la certeza, carecía de importancia en aquella prisión y eso lo hacía insoportable.
Domando la locura,
fui aprendiendo a adiestrarme, en la necesidad de comprender a ese ser que me ocupaba y copaba mi libertad. Esa vida paralela que existía para devastar la mía, que con
rigor dominaba mis movimientos, mi todo, pero mi yo, no cejo jamás en avistar la libertad de nuevo o al menos
una vez más.
Quizás en aquella locura, en las esquinas confusas del dolor, tan solo la luz que atisbaba a vislumbrar, era la de aquel sentimiento que me unía a Ihan, como única fuente de fe. Creía que si lo podía ver, existía… y si existía él, existía yo. Sabía que debía creer en mi intuición.
Los rotos en mi alma eran ya casi imperceptibles, para conservar el único hilo de lucidez los hice
descender, los hice dormir en mi interior.
Despierta a tal inadmisible
consentimiento. En mi, nació una probabilidad poco esclarecida y confusa, que
pugnaba por turbarse en la única realidad concebida y donada a mi vida.
El aprendía de mí, de
la misma manera que yo me surtía de de
su sed.
El impulso encolerizado de mi voz, nuevamente se perdió, en la penumbra de una nueva mañana
bautizada con nieblas espesas, que tardarían largos meses en desvanecerse.
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