sábado, 6 de junio de 2020

Vademécum de tu compañía.





Era medianoche cuando nos conocimos, las nubes velaron el cielo con intención de baquetear por capricho a luna llena. Dos extraños descreídos en el amor, se reconocían por primera vez iluminados por una solitaria farola.

Fue sencillo arriesgar en lo espontáneo, acordar, que se diese así tal situación, a veces las cosas surgen, otras no. Será que las estrellas y el conjuro de luz de luna, conspiraron a nuestro favor.

A esas horas donde los duendes despiertan, paseamos los campos mientras punteabas con las linternas cada árbol frutal, aventando el nevero jayán que habita en el silencio, entre dos desconocidos a veces pasa, que surge la complicidad y conexionan.

Descomedidos momentos que convoco a esta realidad, marbetes de recuerdos que se habían vivido tan solo en nuestras quimeras, los míos tan frescos, tan radiantes como los rayos de luna, escondidos como tu mirar, los tuyos permanecerán sumergidos. Debido algún trasgo generoso nos reconocimos recosidos y aliviados de pesares. Libres y sencillos.

Adjurar al viento, bajas emociones humanas, allí tan tú, integro en todo lo obsequioso, mostrándome lo cálido de esa llana serenidad que te viste. Enseñado para ilustrarme a ser positiva, a no temer jamás a la oscuridad, a percibirla desde otro lugar.

La hierba mojaba nuestros pies por interrumpir su descanso, los caballos del prado cercano se hicieron notar mientras mostrabas el muro, las plantas, los setos, tus vistas, las ventanas y todos los recovecos. Me gusto estar allí contigo. Complacida como ángel perdonado después de pecar, con algo tan grato como tu amistad, generosa y desmedida, tu humilde compañía, tu humanidad.

Compañeros desde siempre, tras la lucera de nuestros sueños, dos forasteros que se encuentran en esta realidad.


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