Era medianoche cuando nos conocimos, las nubes velaron el cielo con
intención de baquetear por capricho a luna llena. Dos extraños
descreídos en el amor, se reconocían por primera vez iluminados
por una solitaria farola.
Fue sencillo
arriesgar en lo espontáneo, acordar, que se diese así tal
situación, a veces las cosas surgen, otras no. Será que las estrellas
y el conjuro de luz de luna, conspiraron a nuestro favor.
A esas horas donde
los duendes despiertan, paseamos los campos mientras punteabas con
las linternas cada árbol frutal, aventando el nevero jayán que
habita en el silencio, entre dos desconocidos a veces pasa, que surge
la complicidad y conexionan.
Descomedidos
momentos que convoco a esta realidad, marbetes de recuerdos que se
habían vivido tan solo en nuestras quimeras, los míos tan frescos,
tan radiantes como los rayos de luna, escondidos como tu mirar, los
tuyos permanecerán sumergidos. Debido algún trasgo generoso nos
reconocimos recosidos y aliviados de pesares. Libres y sencillos.
Adjurar al viento,
bajas emociones humanas, allí tan tú, integro en todo lo
obsequioso, mostrándome lo cálido de esa llana serenidad que te
viste. Enseñado para ilustrarme a ser positiva, a no temer jamás a
la oscuridad, a percibirla desde otro lugar.
La hierba mojaba
nuestros pies por interrumpir su descanso, los caballos del prado
cercano se hicieron notar mientras mostrabas el muro, las plantas,
los setos, tus vistas, las ventanas y todos los recovecos. Me gusto
estar allí contigo. Complacida como ángel perdonado después de
pecar, con algo tan grato como tu amistad, generosa y desmedida, tu
humilde compañía, tu humanidad.
Compañeros desde
siempre, tras la lucera de nuestros sueños, dos forasteros que se
encuentran en esta realidad.
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