Mirando las nubes congela las huellas y las andanzas del lejano, no
es fácil expresar lo que se lleva el viajero en su interior, lo que
lleva caminando, no, no es fácil comunicarse con las sombras, comprender las sonrisas ajenas, ni transmitir para hacerse sentir.
Caminar en la noche
debajo de la lluvia mientras tus pies están mojados, no es lo mismo
que dormir arropado, bajo el calor de un tierno abrazo en las veladas
de mayo.
La melancolía no
tiene el mismo color, ni los rayos del sol brillan con el mismo
ardor a los ojos del viajero; azorado se deja mecer por el tiempo y
cuando llega el alba emprende su viaje hacia ningún lugar.
Las arenas de su
reloj interno cesaron en movimientos, ya dejaron de caer, atorando
todo en lo que creía. Ahora camina sin patria en el amor, la soledad
más profunda duerme a su cuidado y despierta siempre a su lado.
Fue perdedor en
todas las alianzas que intentó, hoy regala besos al viento para
incomodar al silencio que lo persigue, a la solidez de una soledad
heredada, que tan solo vaticina su derrota en batallas a las que no
se presentó, las que lo ajustician en su actual situación.
Los años pasan y no
en vano, no despacio, esa percepción del tiempo que se adquiere a
determinada edad, le grita a su otro él en espejo roto que guarda en
su petate, escondido bajo pequeños abalorios con luz de neón.
Silbando una triste
canción se despide, para perderse en la noche confundiéndose con
las sombras que cuidarán de su camino, para que su pena perdure
hasta que se agote su luz.
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