martes, 28 de abril de 2020

El godeo de un buen amor.




Cuando creía que había exorcizado todos mis errores volverían sin perdón…

A su vez en el vergel mas cercano, la primavera con bureo dejaba constar su lenguaje, en la hondonada algo mas escondida de la vista, los pétalos de una rosa caían al suelo, dando por terminada su función. Así me sentía yo, como esa flor huérfana de vida.

El amor, tremenda estupidez, nos hace eternamente ignorantes, me refiero a ese amor con desigualdad, al que es abstracto, irreal, delirante, el que perseguimos incesantes detrás la pared que tapa y protege nuestras imperfecciones. Exigentes, nos creemos merecedores de su atención.

En la flor que vi desfallecer, pensé un instante, en una idílica relación sin egoísmos, dándome cuenta de que solo la naturaleza se sabe hacer así, sin esperar a recibir, se sabe dar, sin mal ni bien, pero nosotros, que tristeza damos, perdemos el valor de nuestros años de vida, sin notar el aroma de un amor sabio y sincero, de un amor de verdad, que no exagere en romanticismos alterados, sin encalamocar la realidad, sin despegar los pies del suelo, por el mero hecho de compartir, ¿Qué es ese absurdo que nos mueve?, yo no, no quiero participar si el godeo de un buen amor queda a la mitad.

En cualquier tipo de relación, relación de amistad que debería de ser la principal, una relación entre humanos y no bestias, sin extraordinarios y no que a la primera de cambio todo lo bueno se vuelve en enemigo, sin enojos encolerizados o destructivos y aun así a nuestros errores los llamamos aprender, sin pensar en mejorar ni en rectificar, sin ver.

Amarillean mis ideas de no sentir y se tiñen de ese color, para proteger mi sensibilidad. Me olvido y camino en búsqueda de nuevas sonrisas, de palabras halagüeñas aunque sean efímeras, aunque mientan, palabras que no me acompañen más de lo que dura una flor y se que hay flores que duran un día y otras perduran un montón. No quiero, ni me interesa participar en este juego mal usado y gastado. Sin excepción.

Los días de hoy son pérdidas seguras, las personas totales pero superficiales abundan, el egoísmo nos mueve y nos limita, nos condiciona y también nos paraliza, ¿Qué somos, conocedores de qué?
Insignificantes motas de polvo bajo la escoba del tiempo, que vendrá para borrarnos.

Hombres y mujeres permanecemos en un eterno debate de opuestos, agarrando extremos distantes de la misma soga, impulsados no en avances pero si en retrocesos. Uso la palabra abrumada y la hago mía cuando pienso y escucho tantas y tantas historias repetidas.

Ya no se entrecruzan las miradas, ya no se habla, hoy se demanda y mientras tanto cada quien en el cubículo vació de su alcoba, es testigo de que la vida se va y los años se le escapan, escupiendo cada noche ruegos a su almohada, para mañana volver a fingir en mostrarnos felices. Así me contaba, así le escuche, así se dio a conocer, y yo, no le quitè razón al contrario se la di, tampoco le quise interrumpir, pues en su desazón había mucha verdad soltando el dolor .

Sus preguntas tímidas, escondidas detrás de cada una de sus esperanzas perdidas, negadas, aguardaban en silencio mi respuesta, tal vez, no sepa nunca si fue un acierto ser sincera pero al otro lado de la linea del teléfono se le oía anotar mi resolución. Su voz cada día mas calmada, mas confiada, iba dibujando en la niebla el camino de salida hacia un nuevo comienzo y los dos sin creer.

Cada quien en sus ideas, en su rutina de dolores o de alegrías, de fracasos y victorias, de amargas despedidas, de amores perdidos en el ayer, fuimos descomponiendo en tan solo dos noches los puzzles desdoblados, y al contrario de lo que se pueda pensar, la rabia no surgió, los puzzles se descolocaron entre risas, abogando en ensayos y en error, en debates en blanco donde no crece ganador, y fuimos las dos partes de la cuerda que acabaron en unión.

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