Cual poeta sin voz o sin palabras para pronunciarse, dolorido sigue
viajando por caminos que no le llevaran a ningún gran final,
cargando el peso de su mala estrella desde su nacer, castigado en
cada paso que da, cae pero se vuelve a levantar. Es así su verdad,
tan dura, tan cruel.
La mentira a su
lado, cala en sus ojos para no dejarle ver. Ya no cree en la
esperanza, no cree en nada, Jedive solitario en sus pocos aciertos,
no le queda más remedio que notarse manumisor en sus muchísimos
entuertos.
Quien sabrá, que es
de su ser de quien habla el poeta, en cada pensil de llanto, que
describe con diestra pluma sobre papeles mojados, quien notara que
necesita lentecerse en las perlas que brillan en sus ojos y resbalan
por su cuello, aunque se rompan como frágil cristal cuando tocan al
suelo.
Conocedor de todo lo
torvo que le rodea, se figura a si mismo en el dechado todavía con su
ensoñación, acomodado en su burbuja, inventándose una realidad
alternativa a su propio espejismo.
Larvado, camina
detrás de cada sonrisa que esboza, dejando a su sombra mal herida y
perdida. La bráctea que contiene su aura, desfigura a su propia alma
que en el otro mundo languidece.
Es en las horas
perdidas del alba, que conmueven su jecho espectro, para volver a
malbaratarse en aquel ultimo reflejo.

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