miércoles, 26 de julio de 2023

El señor de las flores.

  

Ya no le quedaba mucho más que esperar de la vida, habia trabajado más horas de la cuenta para engañar a la soledad, sus años no habían pasado en balde y ya no era un chaval, sus amigos con sus propias vidas, nunca tenían tiempo para él y además, se podían contar con los dedos de una mano y le sobraban, solía decir.

Vivía en la casa que heredó de sus abuelos, una casa de piedra antigua de ventanas pequeñas y escasas, en la que el mantenimiento y las reformas eran interminables, siempre había algo que arreglar,  un saco con un agujero en el fondo, por donde se escapaban todos sus ahorros.

Nunca se había casado y tampoco tenía hijos, no tuvo tiempo, siempre se mantuvo enfocado en su trabajo y se olvidó de comprometerse en el amor, en sus años jóvenes tampoco lo noto en  falta, él y sus circunstancias, siempre arrastrándole a la soledad, pero los años traen consigo la sabiduría de la edad, el orden de la serenidad, dónde todo cae por su propio peso, de la misma manera que algunas cosas se elevan por falta del mismo. 

Que tarde aprendemos solía repetir, mientras  despedía el día, tomándose un café en la terraza de la trasera de su casa.

Solía visitarle con regularidad, porque allí donde lo ves, el tenía una pasión, la misma que a mí me apasionaba, las flores, sus plantas eran la razón por la que nunca se marchaba de vacaciones, por la que nunca viajaba, ni abandonaba su hogar. Todos los días revisaba una a una, cada flor, cada planta y disfrutaba viendo germinar los nuevos brotes, me encantaba sobre cualquiera, su forma de expresarse sobre ellas, como las mimaba y las tocaba con delicadeza, era como si con ellas, no tuviera que ejecutar el rol masculino que le impuso su percha.

Les hablaba y les contaba sus preocupaciones y alegrías, como si de personas se tratasen, el creía que eso las hacía florecer más hermosas, cosa que no sólo a sus ojos así lucian, pues eran las más bellas que los míos hayan visto.

Antes de marcharme hasta el día siguiente, lo despedía con un cálido beso en su alma, dejándolo solo en sus pensamientos,  sentado en un  viejo sillon de madera y con un café  en la mano en la terraza trasera de su cálido hogar, esperando  la llegada de la noche, en su soledad. Cierta tristeza en su mirada, me recordaba con melancolía, lo que significaría para él esperar día tras día a que llegara la noche eterna.

El señor de las flores.



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