Era un anciano caducó, malhumorado, sin dientes, de mirada enjuta que no transmitía nada, no sabía enseñar, ni reír y seguro que ni amar, estaba casado con una minúscula mujer de ademanes alternativos, estúpida por fuerza y hasta la saciedad, creo que formaban el equipo perfecto, sin equilibrio en el amor pero adecuado a su vivir.
Todas las mañanas lo primero que hacía tras poner su bolsa de cuero cuarteado sobre la mesa, era recolocarse su añeja corbata, siempre la misma, día tras día, a continuación nos daba los buenos días, sin esforzarse en esbozar el más mínimo aliento de cortesía o simpatía, después cogía la tiza y se dirigía a la pizarra para escribir el enunciado de la temática que abordaríamos en esa clase, y comenzaba la retórica. Yo lo escuchaba y pensaba sin oírlo, solo viendo, nunca prestaba atención a lo que decía, hablaba y se movía como una garrapata infectada, como una pulga sin perro y muerta de sed, tan perdido como una ladilla en el culo de un dinosaurio, joper mis pensamientos sin límites impedían que me concentrase y así pasaban sus clases sin que pudiera enterarme de lo que decía, de lo que explicaba, que perdida de tiempo, con lo bien que estaría yo, en la playa, descansando y durmiendo al solecito mi mal gana, lo imaginaba con cuerpo de sanguijuela y su rostro, que espanto tan gracioso.
Como es natural suspendí su asignatura y todavía me quejaba, a los años pienso que habrá sido de él, tendrá todavía esa corbata?, el profesor de la nada, porque nada le escuché, nada me enseñó, salvo aprender a mirar con otros ojos, lo que no sé comprender. (El profesor de la nada, nunca sucedió, no existió).
No hay comentarios:
Publicar un comentario